El martes 9 de noviembre de 2010 el teniente Robert Kelly, de los “marines de los EEUU” (USMC), murió en combate víctima de un IED , mientras patrullaba a pié en la provincia de Helmand, Afganistán. Tenía 29 años y estaba casado.

Cuatro días más tarde, su padre, el teniente general John Kelly (USMC), pronunció un discurso del que se presenta un extracto.

No menciona la muerte de su propio hijo.

Cuenta la historia de otros dos “marines”.





Hace nueve años cuatro aviones comerciales despegaron de Boston, Newark y Washington. Despegaron llenos de hombres, mujeres y niños, todos inocentes, que en poco tiempo estaban muertos. Ninguna persona viva, con la edad suficiente para recordar, podrá olvidar lo que estaba haciendo y donde estaba en el momento en el que vieron al avión estrellarse en las torres del World Trade Center, en lo que era, hasta ese momento, una bonita mañana neoyorquina. En una hora 3.000 seres humanos inocentes desparecerían, incinerados o aplastados de las formas más dolorosas que puedan imaginarse.

Una vez que los edificios se derrumbaron y el alcance del ataque empezaba a hacerse patente, muchos no sabíamos que hacer o hacia dónde mirar. Como nación estábamos aterrorizados como no lo habíamos estado durante generaciones De manera inmediata, el patriotismo americano se disparó, no como un último refugio, como dirían los cínicos, sino que en los tiempos más sombríos los americanos buscan refugio en su familia y en su país, recordando que los hombres y mujeres de carácter siempre han dado el paso al frente para proteger a su nación cuando era necesario, y, por Dios que era tan necesario aquel día como lo sigue siendo hoy.

A pesar de todo hubo un reducido número de americanos que aquel día tomó una decisión diferente a la del resto… nuestros bomberos y policía cuyas filas se vieron diezmadas aquel día por correr hacia el peligro, y no en dirección contraria, hacia una muerte segura. Hacían lo que habían jurado hacer, proteger y servir, y fueron a sus tumbas habiendo cumplido su sagrado juramento. Además estaban las Fuerzas Armadas…. Una banderita de plástico en el coche no era su forma de respuesta al asesino ataque a nuestro país. No, su respuesta fue el compromiso para proteger la nación, realizando un juramento a su Dios para hacerlo hasta su muerte. Cuando futuras generaciones se pregunten la razón por la que América es todavía libre… soldados, marineros, aviadores, guardacostas y marines podrán decir: “porque yo, y gente como yo arriesgaron todo para proteger a millones de personas que nunca sabrán mi nombre”.

Nosotros no empezamos esta lucha, y no finalizará hasta que los extremistas comprendan que nosotros como pueblo nunca perderemos la fe en nuestro valor... Los civiles y militares que luchan por América se han enfrentado hasta el final a este enemigo, desde aquí y al otro lado del mundo, durante casi nueve años, sin dudar por un segundo. Lo saben y están seguros. Su lucha es vuestra lucha… Como una democracia, les enviamos lejos de casa a luchar contra nuestros enemigos. Todos somos responsables…

Los militares americanos no han perdido nunca la fe en su misión, o dudado de la justicia de su causa. Se enfrentan diariamente a peligros que sus compatriotas no pueden imaginar. Pero esto ha sido así en todas las guerras a las que hemos enviado a nuestros militares a luchar. No a construir imperios o esclavizar a la gente, sino a liberar a los que se encuentran bajo el poder de los tiranos y al mismo tiempo proteger nuestra nación, nuestros ciudadanos y nuestros valores. Señoras y caballeros, el único territorio que como pueblo hemos solicitado a alguna nación con la que hemos combatido o junto a la que hemos combatido, la única extensión de nuestro imperio de ultramar son los pocos metros cuadrados de tierra que ocupan nuestros 24 cementerios distribuidos por todo el mundo. En ellos, 220.000 de nuestros hijos descansan en gloria para la eternidad, o se les recuerda para siempre porque sus restos mortales se perdieron para siempre en la profundidad de los océanos o nunca fueron recuperados de lejanos campos de batalla sin nombre….

Sí, estamos luchando y estamos ganando, pero no lo sabéis, porque los éxitos permanecen en el anonimato, y sólo cuando algo es suficientemente controvertido es resaltado por los medios de comunicación pública que forman la clase de los sabelotodo siempre dispuesta a ofrecer su crítica. Los autoproclamados expertos siempre tienen la respuesta, aunque nunca han estado en el barro. Estamos en guerra, y nos guste o no nos guste esto es un hecho. No es la guerra de Bush, ni la de Obama, es nuestra guerra y no podemos escapar de ella. Incluso si quisiéramos rendirnos, no encontraríamos a quien hacerlo…

Debido a que América no ha sufrido un ataque desde el 11-S, muchos olvidan porque queremos olvidar…., pasar página. Como americanos, soñamos y ansiamos la paz, pero debemos ser realistas y reconoce que la esperanza no es una opción o línea de acción cuando lo que están en juego tiene tanto valor…. Sin importar cuanto deseemos acabar con esta pesadilla, nuestro enemigo siempre seguirá su ofensiva... No, se trata de nosotros como pueblo. De nuestra libertad para adorar a cualquier Dios de la forma que queramos. Se trata del valor de cada hombre y mujer y su igualdad ante los ojos de Dios y de la ley, o de cómo vivimos nuestras vidas con nuestras familias, en la privacidad de nuestros hogares. Se trata de los derechos divinos a la vida, la libertad y la persecución de la felicidad, y de que “todos los hombres han sido creados iguales, habiendo sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables”. Como americanos sostenemos que estas verdades son evidentes. Nuestro enemigo no….

Es un hecho que nuestro país se enfrenta hoy en día a una lucha a vida o muerte contra un maligno enemigo, pero América, no está en guerra. No como país. No como pueblo. Hoy, solo una pequeña fracción, menos de un uno por ciento, llevan la carga del miedo y el sacrificio, y la llevan por el resto de nosotros. Sus hijos e hijas que sirven en las Fuerzas Armadas son hombres y mujeres de carácter que continúan creyendo en este país los suficiente para arriesgar sus vidas, sin el propósito de ventajas personales, sino para que los hijos e hijas del noventa y nueve por ciento restante no tengan que hacerlo…

Aunque algunos opinen que hemos producido otra generación de jóvenes evadidos, materialistas y consumistas, los que hoy en día sirven en las Fuerzas Armadas rompen el molde y destacan como verdaderos hombres y mujeres que han encontrado su lugar en la vida protegiendo las nuestras. Conocen la verdadera fuerza de una sección, un batallón o de un país que no venera el altar de la diversidad, sino del crisol que une y fortalece mediante el sentido de la historia, los valores, las esperanzas y los sueños compartidos que unen a la gente haciéndolos más fuertes….

Como cualquiera que haya experimentado el combate sabe, cuando comienza, cuando las explosiones y las balas trazadoras están por todas partes y la llamada de auxilio de un compañero sale de la garganta de un hombre que sabe que está muriendo, cuando los segundos parecen horas y todo parce que pasa a cámara lenta y a toda velocidad al mismo tiempo, el único acto racional es parar, tumbarse, salvarse. Ellos no lo hacen. Cuando nadie les llamaría cobardes por protegerse detrás de una pared o en un agujero, esclavos de los más básicos instintos de supervivencia, ninguno de ellos lo hace. No importa si se trata de un IED, de un suicida, de un ataque de mortero, de un francotirador en lo alto de una casa, o de todo a la vez, ellos hablan, fanfarronean, y lo que es más importante, combaten de la misma manera que los marines americanos han combatido desde Tun Tavern…

También podemos estar tranquilos de que no son locos asesinos, sino honrados y decentes jóvenes que durante años han realizado destacados actos de valor y de abnegación para una causa que ellos han decidido que sea más grande y de mayor valor que ellos mismos… Al igual que a aquellos que les precedieron llevando el uniforme, les debemos todo. Les debemos nuestra seguridad. Cualquiera de ellos podían haber hecho algo más egoísta con sus vidas, como la gran mayoría de sus compañeros hicieron al finalizar el colegio o la universidad, pero no, eligieron servir sabiendo muy bien que una guerra brutal les esperaba. No evitaron la responsabilidad básica y querida de los ciudadanos, la defensa de su país, sino que la recibieron con alegría... Todos son héroes por el mero hecho de dar el paso adelante, y nosotros como pueblo tenemos una deuda que nunca podremos pagar completamente. Su legado no tiene precio: el país en que vivimos, la manera en que vivimos y la garantía de las libertades de sus conciudadanos.

Más de 5.000 han muerto hasta ahora, 8.000 si incluimos los que murieron el 11-S. Pertenecen en su mayoría a la clase trabajadora, hijos de policías y bomberos, trabajadores, profesores o dueños de pequeños negocios. Con algunas excepciones, sus familias no tienen carteras de valores en bolsa, sino mucho amor a su país y al servicio a su nación. Ayer mismo murieron demasiados, y una tardía llamada a la puerta de sus hogares llenó a sus familias de un dolor que nunca desaparecerá... Los charlatanes y los que dudan de las intenciones y el propósito de los EEUU pretenden hacer victimas de ellos y sus familias, pero se equivocan. Los que servimos y hemos servido en las Fuerzas Armadas rechazamos sus simpatía. Los que hemos vivido la suciedad, el sudor y la lucha del campo de batalla no somos víctimas. Los que no entienden el sentido de servicio a la nación nunca comprenderán que un hombre o mujer con carácter dé el paso al frente para enfrentarse al peligro y la adversidad, rechazando parpadear o ceder terreno aun a costa de sus propias vidas… No, no son víctimas sino guerreros, vuestros guerreros y los guerreros no son nunca víctimas sin importar como mueran. La muerte, o el miedo a la muerte no tienen poder sobre ellos. Sus caminos están sembrados de sacrificio. Sacrificios que con alegría hacen por vosotros. Se ponen a prueba cada día en el campo de batalla por vosotros. Combaten en cada rincón del mundo por vosotros. Viven para luchar por vosotros, y no descansan nunca porque siempre hay otra batalla que ganar en la defensa de América.

Finalizo con una historia sobre el tipo de personas que son,.., sobre la dedicación su país mientras sirven y para siempre como veteranos. Hace dos años, el 22 de abril de 2008, dos batallones de infantería de los marines, el 1/9 “Los Muertos Vivientes” y el 2/8 estaban relevando en Ramadi. Un batallón en los últimos días de su despliegue volvía pronto a casa, el otro empezando sus siete meses de combate. Dos marines, los cabos Jonathan Yale y Jordan Haerter, de 22 y 20 años respectivamente, uno de cada batallón se encontraban de guardia a la entrada de un puesto de combate donde se encontraban 50 marines. En el mismo edificio casi en ruinas se alojaban 100 policías iraquíes, nuestros aliados en la lucha contra los terroristas de Ramadi, la ciudad más peligrosa del mundo... Yale era un chico con mezcla de varias razas, de clase baja, de Virginia, con mujer y una hija, además su madre y su hermana vivían con él. …. Haerter, por otro lado, era un chico blanco de clase media natural de Long Island. Pertenecían a dos mundos completamente distintos. De no haber coincidido en los marines, jamás se hubieran conocido, ni hubieran entendido que existen simultáneamente muchas américas diferentes dependiendo de la raza, los niveles de educación, el nivel económico o el lugar donde se ha nacido. Pero eran marines, combatientes, forjados en el mismo crisol del entrenamiento de los marines. Por esta relación, eran hermanos, tan cercanos, o más, que si hubieran nacido de la misma madre.

La orden que recibirían de su sargento sería algo como: “ok par de payasos, poneros en vuestro puesto y no dejar pasar a ninguna persona o vehículo que no esté autorizado ¿Está claro?”. Y estoy seguro que Yale y Haerter dirían al unísono: “¡si mi sargento!”, con una actitud que sin necesitar palabras dejaría claro un: “sin bromas, sabemos lo que estamos haciendo”. Entonces relevaron los dos marines y ocuparon su lugar en el puesto de combate Nasser, en la sección Sophia de Ramadi, provincia de al Anbar, Irak.

Unos minutos más tarde un camión azul apareció en la avenida y aceleró para pasar los obstáculos que impedían la entrada al puesto de combate. El camión se paró a pocos metros de donde se encontraban y explotó, matándolos a los dos. 24 casas alrededor resultaron dañadas o destruidas. Una mezquita que se encontraba a unos 50 metros se derrumbó. Los dos murieron porque estos jóvenes infantes no tenían escrito en su ADN el huir del peligro, salvaron 150 vidas de sus hermanos iraquíes y americanos.

…viajé a Ramadi al día siguiente y hablé individualmente con media docena de policías iraquíes, todos me dieron la misma versión. El camión azul entró en la avenida e inmediatamente aceleró para pasar por los obstáculos de protección. Todos dijeron que supieron lo que pasaba cuando los dos marines empezaron a disparar…

Un par de días después, una vez remitidas las propuestas para la Cruz de la Marina a título póstumo para Yale y Haerter supimos que una de las cámaras de seguridad, dañada en la explosión, había grabado el ataque suicida. Pasaron seis segundos desde que el camión entró en la avenida hasta que detonó.

Se pueden ver los últimos seis segundos de sus jóvenes vidas. Metiéndome en sus cabezas, supongo que tardaron un segundo en llegar por separado a la misma conclusión sobre lo que pasaba cuando el camión apareció al final de la avenida. Sin tiempo para hablar o llamar al sargento para pedir instrucciones…

Les llevaría otros dos segundos apuntar y disparar sus armas. En ese momento el camión se encontraba a la altura de los obstáculos y acelerando. La grabación mostraba a los policías iraquíes, algunos de ellos habían disparado su arma, escondiéndose como cualquier hombre racional haría... Les quedaban tres segundos de vida.

Durante dos segundos más, la grabación muestra a los dos marines disparando sus armas sin parar, el parabrisas del camión partiéndose en pedazos y los disparos desgarrando el pecho del hijo de puta que quería pasar para matar a sus hermanos, iraquíes y americanos, que se encontraban en el edificio sin ser conscientes de que sus vidas en ese momento dependían completamente de los dos marines que se mantenían en su posición. ... La grabación muestra el camión dando bandazos hasta pararse delante de los marines. Durante toda la rápida y violenta escena Yale y Haerter nunca dudan. No dan ningún paso atrás. No se mueven. Ni siquiera cambian el peso de su cuerpo. Con sus pies firmes en el suelo, el cuerpo dirigido hacia el peligro, disparan sus armas tan rápido como pueden. Sólo les queda un segundo de vida.

El camión explota. La cámara se ennegrece. Los dos hombres se van con Dios. Seis segundos. No tienten tiempo suficiente para pensar en sus familias, su país, su bandera o sobre su vida y su muerte, pero tiene tiempo suficiente para cumplir con su deber… hacia la eternidad. Esta es la clase de gente que está de guardia hoy por la noche repartida por todo el mundo.

Nosotros los marines creemos que Dios dio a América el mayor de los regalos que un hombre puede poseer mientras vive en la tierra: la libertad. También creemos que nos dio otro regalo casi del mismo valor: nuestros soldados. Para salvaguardar la libertad y garantizar que ninguna fuerza pueda robárnosla… Estar seguros que nuestra América, ese experimento democrático que comenzó hace doscientos años, continuará siempre siendo “la tierra de hombres libres y hogar de hombres valientes” mientras tengamos jóvenes americanos con el deseo de mirar más allá de sus intereses y sus vidas confortables que vayan a los lugares más peligrosos y oscuros del mundo... ¡Dios bendiga a América, y SEMPER FIDELIS!